Nunca hubo un final tan esperado. Ni tampoco tan criticado. Porque, convengamos, el principal magnetismo de Harry Potter no radica en su literatura, sino en su marketing. Es decir, además de un objeto de lectura, Harry Potter es sobre todo un objeto de consumo. Sin embargo, ese mercadeo no invalida su valor literario. De hecho, las siete novelas de J.K Rowling produjeron un fenómeno inédito por el cual chicos que nunca habían leído más que un libro breve hacían fila para comprar uno de 700 páginas y devorarlo sólo en siete días. Esta suerte de renacimiento del interés por la lectura tal vez tenga que ver con el hecho de que Harry Potter construye en el lector un mundo mítico. Para los chicos de hoy, acaso sea el primero al que acceden. Pero para los adultos, que habitamos un mundo racionalista, la historia del pequeño mago puede ser la oportunidad de volver a transitar por esos universos olvidados. Puede llevarnos de la mano de Lewis Carroll al otro lado del espejo de Alicia, o junto con Stevenson a descubrir el secreto oculto en "La isla del tesoro". Tal vez incluso pueda hacernos degustar las míticas aventuras que sólo Julio Verne pudo escribir. Sólo el tiempo dirá si la saga potteriana se convertirá en un clásico. Aunque tampoco importa demasiado. Porque Harry es, en cualquier caso, un héroe a la medida de los tiempos que corren. Como en su época lo fueron, salvando las distancias, los de Homero, Shakespeare o Tolkien.